Bolsos, zapatos, ropa de marca… Cualquier cosa que quisiese. Estaba rodeada de lujo. Sus amigos no paraban de admirarla y de decir cuan afortunada era por tener un novio como él.
Pero ellos no sabían…
“Nena, mira esto…” Escucho llamarla mientras entraba en el dormitorio. Ella, sentada en el borde la cama ni siquiera giró la cabeza para mirarle. Con la mirada fija en la pared que tenía delante, obviando por completo su presencia. Fría, rígida, con la cabeza en otra parte (en un mundo en el que él era sólo suyo y era completamente feliz). “Creo que estos zapatos” dijo él mientras se arrollidaba a sus pies abriendo una caja “conjuntan con el vestido de Chanel que te compré la última vez ¿no crees?” añadió con una sonrisa.
Tampoco le miró cuando notó como suavemente levantó su pie y lo introdujo en los zapatos de tacón rojo recién comprados. Mirando con satisfacción que los zapatos le valían sonrió acariciando su tobillo. Moviendo levemente la cabeza, lo justo para que sus ojos esquivasen al hombre que estaba de rodillas frente a ella, pudo ver el zapato. Era precioso. Con un nudo en el estómago por fin, le miró a él. Era precioso.
“¿Dónde has estado?” Le preguntó.
“De compras” Dijo, restando importancia a la hora, levantándose y sacudiéndose, con un par de golpes secos, los pantalones. Ella miraba atenta todos sus gestos y acciones, grabándolas en su mente. Eso era lo único en lo que quería pensar en ese momento. Las pequeñas cosas que hacía cuando estaba con ella. Su presencia en la habitación. Como sonaba su voz. Pero en el fondo, una pequeña parte de ella gritaba (le gritaba a él)
Fuiste de compras con ella ¿verdad?
Respiró profundamente, cerrando los ojos, y luchando consigo misma. De un movimiento rápido tiró el zapato que llevaba puesto. Demasiada fuerza, tanta como la que esa voz interna ponía en el grito. El zapato golpeó contra la pared con un ruido sordo. Él, sorprendido, se agachó a recogerlo. “¿No te gusta? Ponte los dos y camina, a ver qué tal…”
Volvió a arrodillarse pero ella separó de una patada el zapato que él quería volver a ponerla. “No me gusta… no lo quiero”
“Te compraré otro…”
“He dicho que no lo quiero”
Él la miró apretando los labios. Sus ojos mostraban preocupación. Ella intentaba luchar contra la fuerte presión en el pecho que sentía al ver la tensión en sus rasgos. ¿Cómo podía haberle hecho esto?
“Bueno ¿Qué te haría feliz? Dime… ¿qué es lo que quieres?”
Conteniendo la respiración, miró fijamente sus ojos negros. “Te quiero a ti”. Con sus manos temblorosas acarició sus mejillas, la línea de su mandíbula, sus cejas. Ella sonrió. Una sonrisa triste. “Tu… me quieres más que a nadie ¿verdad?”
Él apartó los ojos de ella pero asintió. La respuesta era obvia pero ella sabía que, a pesar de todo, tenía que compartirle. Y esto hacía que tuviese la extraña sensación de cientos de agujas clavándosele en el pecho. Cientos de ellas. Una y otra vez. Se sentía patética. Lamentándose y arruinándose. Sabía de sobra lo que pasaba pero intentaba ignorarlo. Lo ignoraba porque estaba cansada de luchar. Porque le quería. Le quería mucho. Le amaba. Tanto que era demasiado difícil dejarlo marchar.
Por eso, ahora, afrontaba las consecuencias.
“… Te quiero más que a nadie”
Apegándose a sus mentiras, a pesar de que estas llevaban mucho tiempo matándola.
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Lo escribí en el autobús camino de Madrid 8el 6 de octubre) mientras intentaba traducir la carta de presentación para los papeles del visado. No se porque se me ocurrió una situación como esta, simplemente... saltó. Lo que si puedo decir es que cada vez que escribía "Él" me venía a la mente él.
Y vosotros... ¿Qué opinais? -Tanto de la situación como de lo escrito- ¿Sigo publicando cosas? ¿Alguna sugerencia?
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